Cuando la luna emboscada acuchilla y perpetra sus magníficos lances, el alma aún sostiene el impulso de la esperanza. Es la esperanza, del pájaro el estridente grito, la aterciopelada mano del camino que anida en la morada lanuda de las noches. Y así como este paño luminiscente, gardenia que se abre por el escote rasgado de la noche para evocarnos con el dulzor aquel sueño, tal vez infantil, tal vez mágico, de otros tiempos en los que creímos con fe en el instante esperado, la asunción del mañana.
Hay nostalgia de lo divino en esa albura que se ondula, plumas de aves desplegadas que amadrigan y evocan esa imagen intacta que desde el ladrón al mago, todos vislumbramos alguna vez en algún rincón del mundo, de nuestro corriente mundo vivo y diario. Al mirarla cada cual evocará su imagen o buscará su aliento, aquel puro tacto que nos dejó en el sentimiento. Tal vez anudado a un fiero cuchillo del que siempre quedamos malheridos. Todos la tenemos dentro, sólo nos hará falta soltar las cintas, las frágiles envolturas de apenas celofán, sensaciones, memoria.
María Jesús C. S.
En esta fotografía data de 1950, -alejada de la solemnidad de la Semana Santa actual- tiene chispa y gracia y, también, misterio y metáfora. El misterio está aquí y la realidad en otro mundo. Roma fuma “Celtas” mientras deja pasar un tiempo inadvertido. Sonríe un nazareno mientras brinda con una copita dulce --es necesario tomar fuerzas. Y en el centro, el hombre convertido en símbolo, acróbata de sí mismo. Aquí está todo: el imperio, la blanca paloma, Copérnico y su eje inclinado, y el hombre que busca divertido el omphalos del mundo –sabiduría desdeñada– ante la única evidencia real: el hecho de sentirse vivo, seguir en este mundo cotidiano. Chispa y humor del pueblo llano. Un pueblo es grande si sabe reír y sabe llorar. Y España ríe mucho y llora cantando, su espíritu es tierno y expansivo. Y ama sin complejos. Tras la broma, todo se configura ante el asombro de los extranjeros expectantes, y el trío se trasforma en silenciosos y firmes pilares del “trono”. Y, así, el hombre carga y avanza con fervor, desde esa vida antes desplegada, desde esa rara sustancia que somos, trasformada en espíritu, y nos empuja por uno de los caminos elegidos en la ascensión, en la búsqueda del infinito.
María Jesús C. S.